Procedencia del radón y su descendencia

Al ser inodoro, incoloro e insípido, su presencia sólo es detectable realizando mediciones específicas con equipos apropiados. De hecho, este gas no fue descubierto hasta 1900 cuando el físico alemán Friedrich Ernst Dorn observó que emanaba de otro elemento químico, el radio. En 1908 Sir William Ramsey, químico escocés ganador del Premio Nobel en 1904, consiguió aislarlo con ayuda del químico inglés Robert Whytlaw Gray, calculando su densidad con exactitud para que pudiera incluirse correctamente en la tabla periódica. De esta forma se confirmó que era el gas más pesado jamás conocido.

¿Dónde se encuentra?

El radón está presente de forma natural en la corteza terrestre y procede de la descomposición del radio-226, que a su vez procede de la desintegración del uranio. El interior de la corteza terrestre es muy diverso, pero fundamentalmente está compuesto por rocas que, en mayor o menor medida tienen un cierto contenido en uranio. Tanto el uranio como su descendiente el radio son elementos radiactivos, es decir, no son estables y se descomponen de forma continua emitiendo energía. Su ritmo de desintegración es muy lento, el primero tarda en descomponerse por completo miles de millones de años y el segundo miles de años. El radio-226 se transforma en el mencionado radón-222 que, gracias a su estado gaseoso, es capaz de desplazarse entre las capas del subsuelo y, con el tiempo suficiente, puede atravesar casi cualquier tipo de material. Este gas presenta un periodo de semidesintegración relativamente corto de 3,83 días que es el tiempo que necesita para que se reduzca a la mitad su concentración. Cuando logra alcanzar la superficie de la corteza terrestre antes de descomponerse se libera a la atmósfera diluyéndose en ella.

En cambio, si el gas en su camino hacia la atmósfera queda atrapado dentro de un volumen cerrado puede alcanzar altas concentraciones. Así, el gas puede penetrar en los edificios a través de grietas, fisuras, juntas mal selladas o materiales porosos, pudiendo acumularse en viviendas y lugares de trabajo poco ventilados.

El gas en sí mismo no supone una amenaza para los habitantes y usuarios de los edificios, pero al descomponerse, sus descendientes, el polonio-218 y el polonio-214, que tienen una vida muy corta, de apenas unos minutos, se presentan en estado sólido y tamaño microscópico por lo que se adhieren y son arrastrados por las partículas que flotan en el aire y los aerosoles que inhalamos alcanzando nuestro aparato respiratorio. Al tener también carácter radiactivo se descomponen emitiendo partículas alfa. Esta radiación dispone de poca energía y no es capaz siquiera de atravesar nuestra piel, pero como en este caso es emitida desde el interior de nuestros órganos, si el proceso se produce de una manera intensa y continuada durante años es capaz de llegar a provocar alteraciones en el ADN de sus células.

Al cabo de unos minutos la desintegración del polonio termina generando el plomo-206 que ya es estable e inocuo.